Olvidados
Capítulo 1
La ciudad de Banderbill no conocía el silencio, ni aún en sus más lóbregas y frías noches. El repiqueteo metálico de la armadura de los guardias imperiales, las estridentes carcajadas de los ebrios del Mesón Hostigado, el tintineo de las monedas de oro siendo contadas por los trabajadores del Banco Goliath. Todos esos sonidos formaban parte de la identidad de la capital de Imperio, tanto como el Emperador mismo. Sin embargo, en la oscura y pequeña habitación de una remota posada en los Barrios Bajos, no era eso lo que se escuchaba. Ni el metal, ni las risas, ni el oro, sino un apenas perceptible crujido en una de las vigas de madera del techo. Y colgando de él, el peso muerto de un cuerpo, con una soga rodeando su decrepito cuello. A veces se dice que los muertos encuentran la paz en sus últimos momentos, y adoptan una pequeña sonrisa en sus caras al fallecer. Pero no había nada de pacifico en el rostro del anciano humano que habitaba allí. Era una expresión inexpresiva, vacía de emociones, de las emociones que lo habían inundado en vida y que lo habían llevado a tomar la decisión definitiva, la de quitarse la vida. Inerte, solo, el hombre permaneció allí por cinco días hasta que el dueño de la posada, un gnomo gordo y de pocas luces, decidió ir a cobrar su pensión. A sus pies, se encontraba la armadura que había usado en vida, adornada con las relucientes medallas que había conseguido en defensa del Imperio junto con el hacha que había usado en innumerables batallas. Y, encima de la armadura, un viejo libro con tapa de cuero, con un último mensaje escrito en su interior…
Capítulo 2
-¡Apresúrate con nuestro pedido, maldita prostituta! -grité, en un momento de ira, contra la mujer que atendía la abarrotada taberna de Ullathorpe. Miles de veces habían pronunciado palabras similares, producto de la insensatez de una borrachera. Había vivido en Ullathorpe toda mi vida, excepto por las cada vez más largas misiones en las que había sido enviado a luchar con la Armada Imperial. Y ahora que estaba de vuelta y con varias jarras de cerveza en mi haber, mis sentidos se nublaron y, peor aún, también mi capacidad de razonar. Solo que esta vez fue diferente. Esta vez, mis palabras no cayeron en los oídos sordos de una mujer acostumbrada al abuso alcohólico de los soldados imperiales dispuestos a gastar su magro sueldo en cerveza barata. En esta ocasión, había un particular grupo de campesinos estaba allí presente en la taberna. -Discúlpate con la dama, perro imperial -dijo severamente un hombre, sentado en una mesa a unos pocos metros de mí -Hazlo ahora, o te arrepentirás. Me reí. De hecho, todo mi escuadrón se río a carcajadas. Para nosotros, era otro día de celebración en un año en el que había poco que celebrar. Miles y miles de mis compañeros en la Armada habían muerto en batalla por culpa de la incesante obsesión de Arispar por los fragmentos de Alkar, aquellos míticos artefactos de los que nosotros no sabíamos nada. Solo nos habían dicho que debíamos estar dispuestos a dar la vida por ellos.
Capítulo 3
Por eso, luego de sobrevivir en la guerra contra los lunáticos sedientos de sangre que conformaban las Hordas del Caos, ningún granjero iba a decirnos que hacer. Así que reímos y nos olvidamos prontamente del asunto, cuando la mujer llenó nuevamente nuestras jarras. Brindamos una y otra y otra vez. Por el Imperio. Por la Armada. Incluso por el Emperador, ese hombre que jamás habíamos visto pero que nuestros superiores no dejaban de decir que era el más justo y valiente de toda su dinastía.
El campesino, asqueado, volvió a su mesa a pedido de los otros de su grupo, unos treinta hombres que discutían acaloradamente y nos lanzaban miradas de odio de a momentos. Ya nos habíamos cruzado con esos hombres antes, e incluso habíamos apresado a unos cuantos por despotricar contra el Imperio. Se hacían llamar la Asamblea Común de Ullathorpe. Para nosotros eran simplemente un grupo de campesinos ineptos, incapaces de hacer nada más que quejarse a sus gobernantes de lo tristes que eran sus vidas. Si, éramos unos idiotas. Pero unos idiotas con una armadura reluciente. Fuimos los últimos en salir de la taberna, casi a la madrugada, manteniéndonos apenas en pie con nuestras pesadas armaduras limitando nuestros ya torpes movimientos. Solo uno de nosotros, un elfo llamado Haller, se mantenía tan calmo y estoico como siempre, a pesar de haber bebido tanto como el resto de nosotros. Era él quien nos guiaba a través de las oscuras calles de Ullathorpe. Y fue él quien, sin saberlo, nos guio a una trampa. Una enorme mujer orca acompañaba al elfo, relatándole por enésima vez sobre la vez en que había matado a un dragón negro en una expedición guiada por el mismísimo Baervan. Nadie creía que su historia fuera cierta, pero todos la habíamos visto romper varios cráneos con su inmenso martillo de guerra, por lo que no teníamos la menor intención de arriesgarnos a ponernos en su contra.
Capítulo 4
Ya se encontraba en el final de la historia, a punto de explicar con lujo de detalles como le había asestado el golpe final a la criatura con sus propias manos, cuando Haller ordenó que nos detuviéramos. En el estado en el que estábamos, solo la mitad alcanzó a oírlo, y menos aún llegaron a distinguir las sombras que salían de su escondite en los arbustos de la plaza central de Ullathorpe, rodeando a nuestro grupo. Solo una de las sombras, más pequeña que las otras, pronunció palabra. -Es hora de que se retiren del pueblo, soldados. Nosotros, la Asamblea Común de Ullathorpe, defenderemos mejor nuestros hogares que un grupo de borrachos con armadura azul.
Miré a mi alrededor. Las sombras se acercaban cada vez más, y ahora llegaba a ver el deslucido brillo del metal de sus armas improvisadas. Hachas de leñador, espadas oxidadas y frágiles arcos eran lo único con lo que contaban nuestros atacantes.
-Me temo que no esta en su poder decidir eso -pronunció cautelosamente Haller, mientras retiraba sigilosamente su espada de la funda y nos hacía señas para que hiciéramos lo mismo -Es obligación de la Armada Imperial defender a cada uno de sus habitantes y… -¡¿Tal y como nos defendieron contra los bandidos de Jhark que saquearon nuestros hogares?! -replicó el otro, poniéndose cara a cara con el elfo. Los demás de su grupo hicieron lo mismo y achicaron el circulo que nos rodeaba.
Capítulo 5
Solo entonces me di cuenta que conocía a la persona que hablaba. Era el herrero del pueblo, un corpulento enano llamado Garth. Él demostraba, en muchos aspectos, los típicos rasgos de un enano: Larga y espesa barba, una fascinación excesiva por los metales y las rocas y un temperamento fácilmente irritable. Quizás en lo único que se diferenciaba era en el apoyo que daba a todos en el pueblo en épocas de vacas flacas. Siendo ese uno de los peores años que había tenido Ullathorpe en su historia, no había persona que no hubiera tenido que pedirle un favor al herrero. Yo mismo había sido uno de ellos, cuando forjó el hacha que ahora mismo tenía en la mano, justo antes de ser reclutado por la Armada. Lo único que me había pedido a cambio era que la usara para matar a todo criminal que se me cruzara, sin demostrar piedad, porque ellos tampoco harían lo mismo conmigo. -Se llevan nuestras cosechas, nuestra madera, nuestras armas. ¡Mis armas! -pronunció el enano en voz cada vez más elevada -¡Nos vemos forzados a luchar con palos y piedras, sin recibir nada a cambio! ¿Y para qué? ¡Para que el Emperador se siente en su trono bebiendo vino todo el día! ¡Es suficiente!. Ahora ya podíamos ver claramente a quienes teníamos frente, ya a una distancia de unos pocos pies de nosotros. Eran los mismos hombres y mujeres de la taberna, y todos ellos demostraban el odio en sus ojos. -Señor enano, por favor -suspiró Haller, con un dejo de preocupación en su voz. Pocas veces había visto nervioso al elfo, y ninguna de ellas había acabado bien -Lo único que lograremos luchando entre nosotros es debilitarnos más aún. Solo manteniéndonos unidos podemos… Una vez más, el elfo fue interrumpido en su discurso. Pero esta vez su interrupción había sido causado por su compañera, la orca, que ahora se lanzaba a la carga contra uno de los campesinos que apuntaba al elfo con su arco, esperando tomarlo de sorpresa.
Capítulo 6
Los efectos del vino jugaron en su contra, y su ataque fue lento, demasiado lento para evitar que el hombre disparara su flecha antes de que su propia cabeza fuera destrozada por el aplastante golpe del martillo de la guerrera.
La flecha impactó de lleno en el cuello de Haller, y este murió antes de caer al suelo. Un segundo después, luchábamos por nuestra vida contra ciudadanos de nuestro propio Imperio. No recuerdo los detalles de lo que ocurrió después. Y se que eso es porque no quiero recordarlos. Pero aún así, cuando ahora estoy en mi cama, intentando inútilmente conciliar el sueño, vuelvo a sentir las mismas emociones que las de esa noche. Una se destaca sobre las demás, y esa es el temor. Pero no era temor a morir, porque ese había desaparecido ya mucho tiempo atrás. Esta era otra emoción, una a la que nunca he sido capaz de dar nombre y que tampoco puedo comprender completamente. Porque este no era un temor a morir, sino un temor a matar. Y sin embargo, lo hice, maté, y maté varias veces. Aunque mi mente no entendiera lo que estaba sucediendo, mi cuerpo sabía perfectamente que hacer. Mis manos apretaron con fuerza el labrado mango de mi hacha, mis piernas se tensaron y mis brazos impulsaron el golpe del metal contra la carne de aquellos pobres y hambrientos campesinos. No fue la batalla gloriosa que había luchado una y otra vez en mi imaginación, cuando era un recluta inexperto haciendo guardias interminables en los bosques de Nix. Esto era diferente. Esto era una matanza. Ellos eran valientes, pero la valentía no puede perforar una armadura. Solo el metal puede hacerlo.
Capítulo 7
Unos minutos después, todo había terminado. Mientras que la mayoría de los renegados caía muerto bajo el filo de nuestras armas, cinco de ellos habían logrado escapar ilesos de la plaza central. Y solo uno permanecía aferrándose a la vida allí, inconsciente por el duro impacto en la cabeza de mi compañera orca. No debería haberme sorprendido que el superviviente fuera Garth, probablemente el único con el coraje y la fortaleza suficientes para mantenerse en su puesto cuando lo superaban en número y no morir en el intento. -¡Waaaaaaaaargh! -La orca, aún medio borracha, lanzó un largo grito de victoria al cielo -¡Al fin algo de acción en este pueblo aburrido!. Otros de mis compañeros celebraron con ella la victoria, mientras uno escarbaba en los bolsillos de unos de los campesinos muertos en busca de alguna moneda perdida. No tenía sentido. Nada de lo que ocurría allí tenía sentido. ¿Acaso no entendían lo que acababa de ocurrir? ¿Era el único que veía que uno de nuestros amigos, que acababa de compartir la mesa con nosotros, ya no volvería a hacerlo jamás? ¿Que nunca iba a poder volver con sus padres, con sus hermanos, con toda su familia? ¿Tendría familia incluso? Yo no lo sabía, y tampoco ninguno de los otros. Nunca preguntamos, y nunca nos interesó, y eso lo empeoraba todo más aún. Esta no era la primera vez que uno de mis compañeros moría. Pero esta vez, algo había cambiado. No tenía lagrimas para derramar en ese momento, y, de hecho, nunca las tuve, por mucho dolor que sintiera. Poca ayuda le hacen al muerto las lagrimas del vivo.
Capítulo 8
Los minutos se sucedieron lentamente después. El herrero fue enviado a la cárcel y curado allí por el clérigo hasta recibir su sentencia, mientras que la orca y la mayor parte de la guardia salió en busca de los pocos rebeldes que habían escapado. Yo, mientras tanto, tuve la miserable tarea de enterrar los cuerpos de los aldeanos caídos en una fosa a las afueras de la ciudad. El tiempo podía pasar lentamente, pero mis pensamientos corrían más rápido que el caballo más veloz, incluso con los restos de la bebida nublando mi mente. Fue la noche más larga de mi vida… Al día siguiente, la caza de mis compañeros había terminado. Tres de los fugitivos habían sido apresados tras ser encontrados en el sótano de una casa abandonada a pocas leguas del pueblo. El comandante del regimiento dio una orden clara y concisa: El destino de los rebeldes sería un ejemplo para todos aquellos que pensarán en traicionar al Imperio. Incluso en ese momento tenía dudas sobre la certeza de las palabras del comandante, y esa duda no ha hecho más que crecer desde entonces. Aquellos hombres no tenían la intención de cometer ningún acto de traición. De hecho, pensaban lo contrario: Traición hubiera sido quedarse de brazos cruzados mientras los niños se desmayaban de hambre las calles. Probablemente ningún juez hubiera aceptado como valida esa explicación en un juicio imperial. Tampoco lo supimos, porque no se llevó a cabo ningún juicio, solo una orden. Yo debía ser el ejecutor de esa orden. El comandante sabía que yo había crecido en el pueblo, sabía del amor que tenía por él desde mi infancia, a pesar de mi conducta cuando bebía. Y debió creer que ese amor podía ser peligroso, por lo que decidió probar mi lealtad.
Capítulo 9
En el centro del pueblo, en una ejecución celebrada ante las miradas de todos aquellos a quienes alguna vez había considerado vecinos, cuatro cabezas cayeron ante cuatro golpes de mi hacha. El arma que había sido forjada para matar a criminales, sin piedad, había cumplido su objetivo. Fue la última vez que lo hizo, porque jamás volví a blandir esa hacha contra una persona. El comandante, aún sospechando de mi lealtad, me envío a hacer guardias en Banderbill, un lugar seguro donde podrían tenerme vigilado. Allí fue donde oí los cada vez más dolorosos eventos que iban transcurriendo: Un humano llamado Fausto daba un discurso junto a la tumba de Haller, en Ullathorpe, proclamando una rebelión contra el Imperio y pidiendo justicia por sus camaradas caídos. Poco después, los rebeldes comenzaban a unirse e intentaban capturar la ciudad de Nix. Y, finalmente, miles de hombres y mujeres partían en barco hacía otro continente, en busca de paz y libertad.
Y ahora, veinte años después, ese grupo de rebeldes que se reunió por primera vez en una taberna de Ullathorpe, es ahora la República.
El campesino de la taberna me advirtió que iba a arrepentirme si no me disculpaba con la tabernera, en Ullathorpe. Y lo hice, cada día de mi vida desde entonces. Porque tengo en mis manos la sangre de cada hombre, mujer y niño que cae en la interminable guerra entre la República y el Imperio. Y ya no puedo soportarlo más. No puedo seguir viviendo con esa culpa, con la maldita culpa de haber destruido a aquellos que juré proteger por un insensato comentario de borracho. Solo espero que en la muerte encuentre el perdón que nunca he encontrado en vida.
Final de la historia
El posadero apartó la carta y pensó, por un segundo, en lo último que le había dicho aquel hombre en vida. Un mes atrás, antes de pagar su alquiler con las últimas monedas que le quedaban, le había dicho, crípticamente: “La Armada me enseñó a luchar contra bandidos, asesinos y rebeldes. Pero nunca me enseñó a luchar contra mi propia consciencia.”
El hombre recordó esas palabras por un momento. Y prontamente, las olvidó.
Al día siguiente, la habitación estaba ocupada por un nuevo inquilino y un guardia imperial enterraba el cuerpo en una fosa sin nombre, al lado de tantos otros que nadie se había preocupado de identificar.
Para el Imperio y para sus habitantes, el viejo soldado y los otros desconocidos ocupantes de su pozo no existían, ni habían existido nunca.
Eran los olvidados…
Autor: Cerberus