Notas de Arterius
El Regreso de Fausto - Primer Pergamino
El estruendo del acero chocando contra el acero retumbaba en las calles de Arghal. La ciudad, otrora una fortaleza imperial impenetrable, se había convertido en un campo de batalla teñido de sangre y cenizas. Me llamo Arterius, y esta es la historia de cómo la guerra cambió el destino de nuestra gente para siempre.
La República no tuvo tiempo de planear esta ofensiva. La noticia del asesinato de la gobernadora de Illandor, una de nuestras líderes, cayó sobre nosotros como una maldición. Las sospechas recayeron inmediatamente sobre los Imperiales. No podíamos permitir que una agresión así quedara impune. En cuestión de días, nuestras tropas marcharon hacia Arghal, una de la ciudades imperiales, con furia y determinación. La batalla estalló antes del amanecer, nuestras fuerzas avanzando por las callejuelas y plazas de la ciudad imperial, enfrentándose a las disciplinadas legiones de Baeldor. Nuestro líder, Ecnath, dirigía el ataque con una convicción inquebrantable, el estandarte de la Republica ondeando entre el caos de la batalla.
Pero Arghal no caería tan fácilmente.
Los Imperiales eran numerosos, curtidos en la guerra y bien organizados. Cada cuadra tomada nos costaba hombres y tiempo. El suelo se cubría de los cuerpos de nuestros hermanos caídos, y el agotamiento comenzaba a hacer mella en nuestras filas. Fue entonces cuando escuchamos los cuernos del puerto. Un sonido gutural, inconfundible.
Las Hordas del Caos estaban aquí.
El Regreso de Fausto - Segundo Pergamino
Desde las orillas, barcos ennegrecidos por el fuego desembarcaban cientos de guerreros salvajes. Creíamos que su líder era Mhorkvel, el demonio cuya mera mención infundía terror. Sin embargo, pronto descubrimos que nunca apareció en la batalla. Las hordas del caos estaban comandadas desde el principio por Sakara, su consejera más leal, una mujer despiadada cuya presencia imponía terror en el campo de batalla. No luchaban por honor ni por territorio, sino por el puro placer de la destrucción. En cuestión de minutos, la batalla que ya parecía ganada se transformó en una carnicería total.
Nos replegamos, intentando reagruparnos en el corazón de la ciudad, pero los Republicanos también sufríamos. Ecnath rugía órdenes, tratando de contener a los Caóticos, pero nuestra disciplina no era rival para la brutalidad de Sakara y sus hordas. Parecía el fin.
Hasta que una sombra del pasado emergió de entre las llamas.
Fausto.
Muchos en la República lo consideraban una leyenda, otros un fantasma, pero ahí estaba, empuñando un hacha gigante como en los días de antaño. No sabíamos cómo era posible que estuviera vivo ni si era real, pero lo confirmamos gracias al hechicero Eishner, quien apareció por un instante en la batalla antes de desvanecerse en la penumbra. La aparición de Fausto encendió una chispa de esperanza entre nuestras filas. Con él a la cabeza, la República contraatacó, empujando a los Caóticos hacia el puerto y retomando algunas calles clave. Por un instante, creímos que la victoria era posible.
Pero el caos es imparable.
El Regreso de Fausto - Tercer Pergamino
Fausto luchó con toda su fuerza, pero ni siquiera él pudo derrotar a Sakara ni a las hordas del caos. La batalla se tornó desesperada, y en el fragor de la lucha, vi con mis propios ojos cómo Ecnath caía, atravesado por una lanza negra como la noche. Viendo que la victoria era imposible, la República tomó la única decisión sensata: retirarse de la batalla.
Las hordas del caos eran interminables, y aunque su líder original nunca apareció, su furia era incontrolable. La República quedó condenada con la perdida de Ecnath y los Imperiales no pudieron resistir. Al final, Arghal no fue defendida por los Imperiales ni conquistada por la Republica. Pues la ciudad cayó ante las hordas del caos, convirtiéndose en su nuevo dominio.
Yo, Arterius, fui testigo del fin de Arghal. Sin embargo, el retorno de Fausto brinda esperanza y prosperidad a la Republica.