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capitulo_4

Pactos y Traciones


Año 1582 (o 975 D.bA). Pactos y Traiciones

Jerek y Cliara se reunieron en una sesión especial para discutir el futuro del tratado de paz propuesto por Fayne. Sin embargo, también tenían en mente abordar un tema aún más urgente, algo que consideraban de suma importancia y que debía ser presenciado por todos los miembros del Imperio. Por ello, convocaron una reunión en el Consejo de Banderbill, donde se reunieron con ciudadanos y soldados para debatir sobre las intenciones de Fayne y los términos del tratado. Aunque el acuerdo parecía ser una opción viable, no todos estaban dispuestos a aceptar sus condiciones, especialmente la propuesta de eliminar la guardia costera de Arghal. A pesar de las objeciones, la amenaza común de las Hordas del Caos pesó más en la decisión, y finalmente, después de un largo debate, la mayoría aceptó las condiciones del tratado.

Al concluir la sesión, Jerek, con una mezcla de nerviosismo y determinación, le propuso matrimonio a Cliara Lakhar. Sorprendida, pero feliz, ella aceptó, y los dos decidieron que en pocos días celebrarían su casamiento en el majestuoso palacio de Banderbill, marcando un nuevo capítulo en sus vidas y en la historia del Imperio. Una carta del Imperio llegó a la ciudad de Suramei, un pergamino que aceptaba la propuesta de paz de Fayne. Ella fue la primera en recibirlo, pero algo en el contenido la hizo sentir una inquietud. Decidió convocar una reunión urgente con los representantes de la Armada Imperial en la asamblea del Consejo. Esta decisión no fue bien recibida por los Imperiales, quienes no estaban dispuestos a organizar una sesión de un día para el otro. Sin embargo, las palabras de Fayne y los embajadores de la República ya habían levantado serias preocupaciones. En la asamblea, la República acusó al Imperio de haber filtrado información a las Hordas del Caos sobre la caravana que había partido de Illiandor con destino a Suramei. Lo curioso era que, entre los viajeros de la caravana, se encontraba la ex gobernadora de Illiandor, Valeria Aetheria. Los embajadores Imperiales respondieron a estas acusaciones con rotundas negaciones, tildandolos de “falsas” y argumentando que no tendrían ningún beneficio al realizar tal traición.

Con una calma serena, pero con una evidente molestia reflejada en su rostro, Fayne alzó la voz y proclamó el fin de la tregua por parte de la República. Sus palabras resonaron en el recinto como el eco de un destino inevitable. No había más espacio para negociaciones ni falsas promesas de paz. La República, traicionada y enardecida, declaraba oficialmente la guerra al Imperio. El silencio que siguió a su anuncio fue casi tan devastador como la noticia misma. Los embajadores imperiales se miraron entre sí, incrédulos, mientras una tensión sofocante se adueñaba del ambiente. No había vuelta atrás. La paz que alguna vez intentaron construir se desmoronaba como un castillo de arena frente a una tormenta implacable.

La ruptura de la tregua por parte de la República dejó a Altharion sin opciones. Ante la grave situación, no le quedó más que disolver el Consejo de Embajadores, declarando que las negociaciones quedaban sin efecto. Con este drástico paso, todos los representantes se retiraron del recinto, y el futuro de la paz entre ambas naciones quedó incierto.

Año 1582 (o 975 D.bA). La desterrada y el ataque al Fuerte Valnyar

Fayne al volver a Suramei le contó todo al Líder Ecnath, pero él quedó decepcionado de su Teniente, no podía creer como en estos momentos trágicos de la República realice una declaración de guerra. No le quedó otra alternativa que desterrar a su teniente por llevar a la República a guerra en un momento crítico. Fayne sin más, tuvo que abandonar la ciudad.

Pero no había vuelta atrás, los soldados de la Milicia ya estaban listos y conocían el plan. Los republicanos se dirigieron hacia Illiandor y su primer objetivo era Fuerte Valanyar. No podían conquistar Arghal sin antes debilitar la ciudad, por ello, al cabo de unas horas ya habían conquistado el fuerte. Mientras, el Imperio celebraba la boda de Jerek y Cliara Lakhar dentro de las murallas de Banderbill.

Inmediatamente luego de conquistar el Fuerte, se dirigieron hacia Arghal por la entrada Sur. Destruyeron las barricadas y mataron a todos los guardias. Sabían que no quedaba mucho más tiempo hasta que llegue el ejército imperial a defender su ciudad, por lo que decidieron atrincherarse dentro del teatro El Juglar, esperando a su arma secreta…

Año 1582 (o 975 D.bA). La boda

En Banderbill, las campanas de la iglesia sonaban con fuerza, anunciando que la boda de Jerek y Cliara Lakhar estaba por comenzar. La emoción era palpable en el aire, y los ciudadanos se habían reunido en el Palacio Real, donde el Emperador Baeldor recibía a todos con una cálida bienvenida. El ambiente estaba lleno de júbilo y expectación, ya que este día representaba no solo la unión de dos personas, sino un símbolo de fortaleza para el Imperio.

Cuando todos se acomodaron, la ceremonia comenzó. Jerek hizo su entrada por la alfombra roja, su rostro reflejaba una mezcla de nervios y felicidad. El público, lleno de sonrisas y aplausos, se levantó en reconocimiento. A continuación, fue el turno de Cliara. Ella apareció deslumbrante, acompañada por Baeldor, quien la condujo hasta el altar, donde Jerek la esperaba. Los ojos de todos estaban fijos en ella, y la atmósfera estaba llena de emoción.

Frente al trono, el Emperador Baeldor, con una mirada solemne pero llena de calidez, tomó la palabra y consumó el matrimonio de Jerek y Cliara. El compromiso que ambos habían hecho no solo representaba una unión personal, sino una unión más profunda entre dos fuerzas poderosas del Imperio. Las risas y los aplausos llenaron la sala, y un aire de felicidad reinaba entre los asistentes. El Imperio parecía más unido que nunca, con una sensación de esperanza y prosperidad.

Después de la ceremonia, los recién casados compartieron un baile de bodas, rodeados por sus amigos y familiares. La música llenaba el aire, y todos danzaban alegremente, celebrando no solo el amor de Jerek y Cliara, sino también un momento de paz y unidad para todo el Imperio.

Pero, de repente, el sonido de los cuernos del Fuerte Valanyar resonó a lo lejos, rompiendo la tranquilidad y la felicidad del momento. El sonido grave de los cuernos alcanzó la ciudad capital, provocando desconcierto y preocupación entre los presentes. En medio del bullicio, un Protector de la Corona irrumpió en la sala, corriendo desesperadamente. Con voz agitada, informó que los Republicanos estaban atacando el fuerte y que sus planes incluían invadir la ciudad de Arghal.

La atmósfera festiva se desplomó de inmediato. Baeldor, sin titubear, asumió su rol de líder. Con firmeza, dio órdenes a Cliara Lakhar y a todos los Imperiales presentes para que se alistaran para la batalla. La guerra nuevamente tocaba a las puertas del Imperio. En un abrir y cerrar de ojos, la celebración se transformó en urgencia. La pareja recién casada, junto a los demás soldados y líderes del Imperio, partió de inmediato hacia Arghal, sabiendo que tendrían que defender su ciudad antes de que los Republicanos pudieran llegar allí. El destino de la batalla estaba ahora en sus manos, y el Imperio debía estar preparado para la guerra. El ingreso por parte de la Armada Imperial fue muy veloz y repentino. Unos pocos soldados republicanos fueron tomados desprevenidos mientras que la mayoría se encontraba al resguardo de las paredes del teatro. Casi no hubo enfrentamiento, ya que era muy difícil acertar flechas, hechizos o golpes. Se sintió como una eternidad, los Republicanos no tenían escapatoria, los Imperiales tenían todas las de ganar.

Año 1582 (o 975 D.bA). Arrodillense ante la Emperatriz

Horas antes de que la República y el Imperio comiencen la batalla en Arghal, Sakara convocó a las Hordas del Caos para acabar con la vida de Garveloth, el Gran Hechicero, un deseo largamente anhelado por Mhorkvel. Junto con su ejército sediento de sangre a sus órdenes, Sakara lideró la marcha hacia el Infierno, donde se presentó ante Mhorkvel para exponer su plan.

Pero para llevar a cabo esta misión, necesitaba a alguien con un poder aún mayor, alguien dispuesto a abandonar su oscuro dominio para unirse a la causa. Miró fijamente al ser ante ella, el único capaz de comprender la magnitud de lo que estaba en juego.

El Demonio entrecerró los ojos, evaluando la petición. No le gustaba la idea de exponerse fuera de su dominio, pero el poder de Garveloth era una amenaza latente. Si lograba derrotarlo, su magia arcana pasaría a sus manos, convirtiéndolo en el ser más poderoso de las tierras del Imperium. Tras unos instantes de silencio, Mhorkvel asintió y ordenó a Sakara abrir portales para llevarlo a cabo.

El camino hacia el Templo Kalath no fue sencillo. Garveloth, consciente de que algún día tendría que enfrentarse a Mhorkvel, había plagado su santuario con trampas mortales y barreras mágicas. Sin embargo, ni la astucia del hechicero ni sus maldiciones detuvieron el avance de Sakara y sus tropas.

Cuando finalmente irrumpieron en su aposento, Garveloth los recibió con una carcajada maligna. Mhorkvel, impaciente, se lanzó sobre él con sus garras desenvainadas, pero en un solo gesto, el hechicero lo paralizó en el aire.

Mhorkvel, enfurecido, ordenó a sus seguidores atacar, pero Sakara no se movió. En lugar de ello, alzó su báculo y con una voz firme, dio la orden de no atacar. La sala quedó sumida en un silencio helado, un silencio que hablaba de la traición. Mhorkvel comprendió que Sakara lo había traicionado. El Demonio pudo salir de la parálisis y comenzó una batalla interna.

El templo estalló en caos cuando los seguidores de Mhorkvel se enfrentaron a aquellos que ahora servían a Sakara. El sonido de las espadas chocando con los aceros llenó el aire, creando una destrucción sin igual. En medio del estruendo, Mhorkvel desató completamente su furia sobre su antigua aliada y Garveloth. Sin embargo, a pesar de su enorme poder, Mhorkvel no pudo resistir la embestida combinada de sus enemigos. Con un último rugido de agonía, el demonio cayó.

A medida que su cadáver comenzaba a desprender un aura oscura, Garveloth se adelantó para reclamar la esencia del demonio caído. Pero en ese instante, la sala se oscureció y una figura emergió de entre las sombras, era el mismísimo Eishner.

La voz de Eishner resonó en la sala, reconociendo el esfuerzo de Sakara. Garveloth, desconcertado, frunció el ceño, pero Sakara se giró hacia él con la misma frialdad con la que había traicionado a Mhorkvel. Antes de que Garveloth pudiera reaccionar, Eishner levantó su báculo con un movimiento devastador, envolviendo al hechicero y atrapándolo en una prisión mágica dentro del mismo Templo Kalath. Sus gritos de furia fueron silenciados a medida que sus poderes fueron sellados, condenándolo a pasar la eternidad dentro de las ruinas que alguna vez fueron su santuario.

Con su trato cumplido, Eishner volvió su atención hacia Sakara. Como recompensa, le otorgó una fracción del poder de Mhorkvel. La energía fluyó a través del cuerpo de Sakara, envolviendola en llamas y partículas de pura fuerza demoníaca. En ese preciso momento, Sakara ya no era solo una líder; se había convertido en la nueva Emperatriz de las Hordas del Caos.

Eishner, con una sonrisa en sus labios, le indicó que su poder ahora estaba listo para ser probado. Le sugirió que viajara a Arghal, donde una guerra estaba a punto de estallar entre el Imperio y la República, y donde podría desplegar su recién adquirido poder en el campo de batalla.

Año 1582 (o 975 D.bA). La Guerra de Arghal y el regreso de Fausto

Imperiales y Republicanos luchaban sin descanso, el campo de batalla se había convertido en un océano de acero, sangre y gritos agonizantes, hasta que en el momento de mayor tensión se oye un ruido ensordecedor. Eran gritos de guerra provenientes del puerto de Arghal, pero no eran hombres lo que se escuchaban, eran como si mil demonios fueran torturados en simultáneo, sumado a cuernos de guerra y un gran terremoto que azotaba los suelos de la ciudad. Eran las Fuerzas del Caos, pero lideras por Sakara, quien solía ser líder del Comité de las Tinieblas. Esta vez portaba un aura distinta, un poder que quemaba a la distancia. Algo sucedió dentro del caos, Sakara era mil veces más poderosa, y llegó para destruirlo todo.

Sakara se movía entre el campo de batalla como una sombra de destrucción. Con un solo conjuro, su energía oscura se expandía en ráfagas devastadoras, borrando a más de cincuenta soldados en cuestión de segundos. La guerra se convirtió en una masacre unilateral: ni los disciplinados ejércitos del Imperio ni la resistencia feroz de la República podían hacer frente a semejante fuerza. A los ojos de Sakara, sus enemigos eran meras hormigas esperando ser aplastadas.

Los Imperiales tuvieron que retroceder y la batalla al fin comenzó, los soldados imperiales cubrieron a su Emperador mientras los caóticos se adelantaban poco a poco, quemando toda la ciudad; en medio de todo el desastre que se estaba originando. Los Imperiales defendían la ciudad con sangre y sudor, los Republicanos liderados por Ecnath tomaban vidas a más no poder y las Hordas del Caos devastaban todo Arghâl.

La guerra había comenzado, y la ciudad de Arghal se teñía de rojo con la sangre de los caídos. En medio del caos, Ecnath recordó el oscuro pacto que había sellado con Eishner. Desesperado, comenzó a clamar su nombre una y otra vez, hasta que la presencia del demonio se manifestó ante él. Eishner, envuelto en sombras, estaba dispuesto a concederle lo que más anhelaba: el regreso del fundador de la República.

El demonio alzó su báculo y, con movimientos hipnóticos, comenzó a recitar palabras prohibidas en una lengua ancestral. De repente, un destello cegador iluminó el campo de batalla, y un grito familiar resonó entre las ruinas de Arghal. Fausto había vuelto. La República tenía nuevamente a su líder. Aturdido y sin comprender del todo lo que había sucedido, Fausto no perdió tiempo en buscar respuestas. Su instinto guerrero se encendió de inmediato. Se dirigió a Ecnath, tomó su hacha sin mediar palabra y se lanzó de lleno al combate.

El campo de batalla se convirtió en un infierno. Fausto destrozaba sin piedad a imperiales y caóticos por igual, aunque su verdadero objetivo eran los soldados del Imperio. La traición que sufrió en el pasado ardía en su interior como una herida que nunca cerró, y su sed de venganza lo consumía. Ecnath, por su parte, observaba con creciente preocupación cómo la marea de la guerra no favorecía a la República. Poseído por la furia, ignoró toda advertencia y siguió abatiendo a sus enemigos con brutalidad.

La fuerza militar de Baeldor no daba a basto con tanto ataque. Todo se daba por perdido, los Imperiales daban todo de sí pero no era suficiente y fueron acorralados al oeste de la ciudad. Los únicos en pie eran Baeldor y Cliara Lakhar. El Emperador quien con su espada en mano se abrió paso, ordenó a Cliara que huya de allí mientras él los distraía, ella logró escapar, pero el Líder Imperial corriendo y matando a todos a su paso, desembocó en medio de los lacayos caóticos y los seguidores de Fausto, los Imperiales por su lado atacaban la retaguardia de la República para llegar a su Emperador y salvarlo, pero aunque lo hayan intentado, Baeldor estaba siendo atacado por todos a su alrededor, su sangre cubría todo el suelo, clavó su espada en el suelo y murió allí en el suelo. Cliara Lakhar al ver desde lo lejos semejante atrocidad, ordenó a las tropas Imperiales que regresen a la ciudad capital a defender sus muros, la invasión y conquista de la ciudad Arghaliana era inevitable, y más con la muerte de su líder. Una dura batalla, una resurrección, una muerte atroz e inolvidable, y los ciudadanos Imperiales sin un líder; la reestructuración de todo el Imperio es ineludible.

Mientras tanto, la República y las Hordas del Caos seguían combatiendo, pero el destino tenía otros planes. En medio del fragor de la batalla, un conjuro devastador de una maga de la Armada Imperial, llamado Dezzrya, alcanzó a Ecnath, acabando con su vida en un instante. Fausto, al ver caer a su aliado, entendió que era momento de retirarse. No quedaban más imperiales en el campo de batalla ya que Baeldor había caído y las Hordas del Caos eran interminables. Sakara, con un poder inigualable, dominaba el escenario. La República no tenía más opción que reagruparse en el puerto de Arghal.

Con rapidez, Fausto y sus seguidores regresaron a Suramei. Allí, de pie ante su gente, el resucitado líder pronunció un discurso encendido, proclamando que la venganza debía ser el nuevo estandarte de la República. El Imperio debía caer. Su llamado resonó en los corazones de muchos, pero no en todos.

Las Hordas del Caos celebraron su victoria. Arghal era suya. Pero Sakara no tenía interés en conservar una ciudad en ruinas. Ella ordenó a sus súbditos que quemen toda la ciudad, que no quede nada. Así las llamas devoraron las calles, los templos y las murallas, convirtiendo Arghal en un páramo carbonizado. Solo quedaron cenizas y ecos de gritos perdidos en el viento. Satisfecha, Sakara condujo a su ejército de vuelta a Orac, donde descendió al Infierno y reclamó el trono de Mhorkvel.

Los soldados de las Hordas del Caos la contemplaron en silencio, con una mezcla de reverencia y temor. Sakara no era simplemente su líder; había trascendido su condición mortal. Su piel desprendía un aura de poder demoníaco, sus ojos ardían con un fuego insaciable. Se estaba convirtiendo en algo más… algo que ni siquiera sus propios seguidores podían comprender. Para el mundo, Sakara se había vuelto una amenaza sin precedentes. Para el Caos, era el mayor triunfo de su historia.

capitulo_4.txt · Última modificación: 2025/03/14 01:06 por behjer