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capitulo_3

El Inframundo


Año 1580 (o 973 D.bA). Cristales del Inframundo

Hace siglos, un grupo de exploradores se aventuró en las sombrías y desoladas tierras del Inframundo, un reino de muerte y desesperación. Aunque algunos consiguieron sobrevivir y saquear asentamientos, las temibles criaturas de esa región finalmente acabaron con ellos tras años de enfrentamientos. Durante su expedición penetraron el Templo Kalath, rompiendo accidentalmente una barrera mágica que contenía al gran Hechicero encarcelado en el Inframundo. Mientras buscaban una salida, los exploradores encontraron a unos misteriosos hechiceros realizando un ritual. Aprovechando la distracción, lograron atravesar un portal que estos estaban canalizando y emergieron en el Plano Real. Esta fractura formada entre los planos provocó temblores colosales en las tierras del Imperium y materializó una gigantesca grieta en la Isla Shilian. Diversas facciones enviaron investigadores para esclarecer el suceso, pero solo hallaron los cuerpos de los dos exploradores, consumidos por una energía oscura. Con el paso de los años, la energía que emanaba la grieta se volvió más potente y se filtraba cada vez más el plano real haciendo que los cielos sobre la Isla Shilian se tornaran cada vez más oscuros. Esta energía oscura viajó grandes distancias hasta encontrar enclaves naturales donde el poder elemental era más fuerte. Allí los cristales de agua, fuego, tierra y aire comenzaron a emerger.

Estos cristales, actuaban como faros de una poderosa señal mágica, atrayendo a unos misteriosos hechiceros. Nacidos de la energía elemental del Inframundo, estos hechiceros fueron irresistiblemente atraídos por el poder de los cristales, atravesando las barreras entre el Inframundo y el plano real con el objetivo de liberar a Garveloth.

Año 1580 (o 973 D.bA). Esquirlas de Fuego

Debido a las crecientes precipitaciones en el ambiente, la huida general de los animales hacia zonas menos contaminadas y por el abrupto cambio del clima a temperaturas gélidas, Sakara, Jerarca de la Legión Caótica, embriagada por este nuevo poder que su cuerpo experimentaba y emanaba, como si esa energía maligna estuviera conectada con lo más profundo de su ser, sin dudar, decidió alistar a sus tropas hasta la llegada de los exploradores, quienes tenían una misión clave, encontrar la fuente de esa abundante energía.

El cambio creciente en la geografía de la zona le daba una ventaja táctica formidable, ya que el clima adverso y las condiciones energéticas alejaban a todo explorador que no contara con la experiencia suficiente para enfrentar tales condiciones. Gor Shak, el orco comandante de las fuerzas del caos, retorcido en su recalcitrante odio hacia Sakara, no soportaba la idea de ver a su líder coincidir con el poder del inframundo, ya que esto, aumentaría la brecha de poder entre ellos dos, por lo qué, redobló su entrenamiento, desmembrando hasta el cansancio a prisioneros de la Armada Imperial y la Milicia republicana, quienes, solo vivían como ganado en el infierno para fortalecer la destreza en el combate de aquel orco con sed de venganza.

Aquel día había llegado, los sabuesos caóticos habían traído jugosa información con ellos, la ubicación de la fuente de esa energía, un cristal del inframundo. Sakara, ansiosa e impaciente, ordenó a Gor Shak marchar hacia el Archipiélago helado junto con sus tropas orcas, hacia donde alguna vez fue un fuerte dominado por piratas de la región. Los navíos se preparaban, tenían un solo objetivo por cumplir, cargar armamento y llegar al otro lado con una avanzada preparada únicamente para el ataque.

Sin prisioneros, sin diálogo, sólo la muerte. Sakara por su lado, abrió un portal hacia el estrecho glaciar virgen, movilizó a todas las tropas apostadas en Orac hacia el mismo lugar. Reunidos ambos frentes, quedaba una cosa por hacer, ingresar. El cristal se observaba a la lejanía, Sakara salivaba ante tal magnificencia, sintiéndose fuertemente atraída por la cercanía a esa energía. Fuerte fue la sorpresa del ejército caótico cuando tras su avance, fueron rápidamente bloqueados por una barrera de poder oscuro, la cual impedía su avance. Desde la oscuridad, emergió una figura encapuchada con los colores del fuego grabados en su túnica, quien observaba desafiante a la avanzada frente a él.

Gor Shak, astuto y viejo guerrero, notó fallas en la barrera, lo cual, ordenó un ataque punzante sobre las grietas de aquella protección que impedía la conexión entre Sakara y el cristal. El hechicero de fuego no iba a permitir que tal cosa suceda, por lo qué, hizo emerger criaturas jamás antes vistas ni por las más experimentadas tropas del caos, criaturas que desprendían un aura y una energía que hacía quedar en ridículo a la sed de sangre y muerte que el caos se jactaba de dominar.

Tras esto, dicho hechicero empezó a conjurar un hechizo el cual, Sakara rápidamente determinó que tenía el objetivo de absorber la energía del cristal, por lo qué ejerció aún más presión sobre la barrera, hasta destruirla por completo junto a su ejército.

El ejército caótico experimentó un combate sin precedentes, un combate con criaturas de igual e igual, quienes tenían aún más sed de sangre que ellos mismos, criaturas con el odio en lo más profundo de su ser, como si su existencia dependiera solo de ello.

Luego de una ardua batalla, y con más de la mitad de la avanzada caótica yaciente en el suelo y el hechicero de fuego con casi la totalidad del cristal fundido en su cuerpo, en un último y desesperado intento por no dejar que la oportunidad que tanto había esperado se esfumara, Sakara ordenó a Gor Shak y a su tropa restante, abalanzarse sobre el cristal, logrando destruirlo con éxito, obligando al hechicero a desaparecer entre la penumbra, dejando un silencio desesperanzador y las esquirlas de aquel cristal, esparcidas sobre sangre y metal, las cuales, Sakara recolectó y guardó en su túnica.

El portal había sido abierto para regresar, los muertos incinerados y las criaturas de aquel plano extraño, llevadas a analizar. Se ordenó militarizar aquel fuerte abandonado, dejandolo así, en posesión de las Fuerzas del caos, bautizado como Fuerte Krip.

Año 1580 (o 973 D.bA). Mareas de un Destino Incierto

Hacía varios días que los guardias de las costas imperiales y los mercaderes informaban sobre el extraño comportamiento del mar, lo que dificultaba el comercio y el tránsito marítimo. El oleaje inusualmente violento, las mareas erráticas y las inundaciones volvieron impredecibles las rutas marítimas, afectando gravemente el abastecimiento de la ciudad y generando preocupación entre los ciudadanos.

En medio de este caos, los exploradores imperiales realizaron un inquietante descubrimiento al sureste de la ciudad: un misterioso cristal que emanaba una energía desconocida. Este descubrimiento despertó la inquietud en los altos mandos del Imperio, quienes temían que el cristal pudiera ser el causante de las perturbaciones en las costas.

Al atardecer de un ajetreado día, las campanas del Templo de Banderbill resonaban por toda la ciudad. Rápidamente las tropas imperiales y algunos ciudadanos se agruparon a las afueras del palacio real, a la espera de las órdenes de Thandell. Mientras tanto, dentro de uno de los salones del palacio se hallaba Baeldor, que junto al parlamento, deliberaban los últimos detalles del plan.

El elfo anunció con urgencia la llegada de noticias cruciales por parte de los exploradores. No muy lejos de allí, un cristal mágico de energía extraña yacía a la intemperie, protegido por criaturas desconocidas. Sin dudarlo, ordenó la partida inmediata y se ofreció a guiar a sus soldados hasta el destino. No había tiempo que perder.

Las tropas del Imperio avanzaron con paso firme hacia el sur, llegando finalmente a las costas de Banderbill. Ante ellos se extendía un enorme lago cuyas aguas desembocaban en el mar abierto. A la distancia, en la orilla opuesta, un imponente cristal resplandecía con intensidad. Junto a él, una figura enigmática se alzaba con aire desafiante: un hechicero envuelto en una túnica azul, rodeado de criaturas de aspecto siniestro. Thandell evaluó la situación con rapidez. Debían cruzar aquel lago turbulento y esquivar a las criaturas que lo acechaban para alcanzar el otro lado. En la distancia, distinguió más enemigos aguardando el enfrentamiento. Sabía que la batalla era inevitable.

Al aproximarse, se toparon con un enorme séquito de esbirros comandados por un poderoso hechicero. Detrás de ellos notaban un poder mágico desconocido que jamás habían visto. Sin pensarlo dos veces, los soldados imperiales alistaron sus armas y arremetieron valientemente contra las criaturas.

Thandell observó con preocupación al hechicero. Su poder era abrumador, demasiado peligroso para enfrentarlo directamente. Comprendió que no podían permitir que absorbiera la energía del cristal. La única opción era clara: debían destruirlo antes de que cayera en sus manos.

Al cabo de una ardua y extensa batalla, poco a poco el cristal comenzó a agrietarse para finalmente romperse por completo junto a una breve explosión. El hechicero debilitado se desvaneció, dejando atrás este plano. Las tropas contuvieron el aliento unos momentos y al cabo de un corto silencio exclamaron un grito de victoria. Thandell recolectó el resto de cristales para colocarlos dentro de un pequeño baúl, acto seguido daría un discurso de victoria a sus soldados.

El Comandante se dirigió a sus soldados con firmeza. La misión había sido un éxito: el gran hechicero había sido derrotado y el cristal, reducido a escombros. Sin embargo, una sombra de inquietud persistía en su mente. No era momento de celebrar. Algo le decía que, en algún lugar, un enemigo aún más poderoso aguardaba su turno para entrar en escena.

Las tropas retornaron a pie a Banderbill para celebrar su victoria y tomar un merecido descanso. Thandell se despidió de sus soldados y entró al palacio.

Año 1580 (o 973 D.bA). Aires de un Destino Incierto

El atardecer se asentó en Suramei. El líder de la República, Ecnath, fue recientemente notificado de algunos acontecimientos extraños provenientes del este del continente. Patrullas milicianas y algunos leñadores de la zona cercana a la capital notificaron a éste sobre fuertes vientos y extrañas nubosidades cercanas al Río Otarot. Algo que irrumpía la usual serenidad de la zona.

Tras varios días de incertidumbre, el ojo de la tormenta había sido encontrado: en las inmediaciones del Río Otarot, se logró avistar una especie de ritual que estaba siendo llevado a cabo por unas criaturas desconocidas y que, junto a ellas, posaba un extraño y poderoso cristal como protagonista, escoltado por una densa y abrasiva bruma a su alrededor. Algo no parecía estar bien allí. El sol parecía apagarse. Los expedicionarios republicanos notificaron a su líder militar, Dharian, para que imparta una decisión.

Dharian convocó de forma extraordinaria a todos los miembros de la República para que acudieran al centro de la ciudad, dónde, junto a la estatua de Fausto, anunciaría un mensaje a viva voz y con una misión a realizar. El Comandante se dirigió con seriedad a los ciudadanos y milicianos de la República. Algo extraño y de gran importancia territorial estaba ocurriendo en las cercanías de la ciudad.

Las patrullas habían informado sobre la presencia de un enigmático cristal, custodiado por criaturas desconocidas y vigilantes. Todo indicaba que estaban ante un fenómeno fuera de lo común, quizás algo sobrenatural. La incertidumbre pesaba en el aire, y era imperativo actuar con cautela.

Los ciudadanos republicanos tomaron sus caballos y partieron hacia las inmediaciones del Río Otarot, dónde, junto a una ráfaga de fuertes vientos provenientes del este, divisaron algo completamente desconocido. Portales, estruendos y rayos provenientes del propio suelo se esclarecieron frente a los ojos de los allí presentes. Era deber de todos velar por la seguridad del territorio. No podían permitir que aquella amenaza creciera. Las criaturas debían ser eliminadas de inmediato y el hechicero, erradicado antes de que su poder se tornara incontrolable. No había tiempo que perder.

Una barrera mágica se interponía entre los soldados y los esbirros que solo profanaban palabras en una extraña lengua -no nativa de las tierras que conocían- haciendo una especie de alusión a un gran Hechicero situado a pocos árboles de distancia, junto a un llamativo y poderoso cristal a su lado.

La batalla estaba llegando a su clímax. El cristal comenzaba a perder su poder, y con él, las criaturas que lo custodiaban se desvanecían lentamente. La victoria estaba al alcance de sus manos. Solo restaba dar el golpe final y acabar de una vez por todas con el hechicero.

El cristal ha sido fragmentado. Sus restos estaban esparcidos por el aire del Río Otarot. El suelo se convertía en vidrio y el lago se contaminó con un intesivo humo. Los ciudadanos y los milicianos se alegraron por la victoria, aunque Dharian, algo perceptivo, trató de mantener la serenidad sabiendo que esto sería solo el comienzo de algo más…

El objetivo estaba cumplido. El ritual había sido detenido, y los restos de los cristales serían transportados inmediatamente a los investigadores para analizar su origen y naturaleza. Aunque la misión había sido exitosa, Dharian no podía sacudirse la sensación de que esto era solo el comienzo de algo más grande. Con una expresión grave, sabía que debía dirigirse a Ecnath lo antes posible para informarle sobre los acontecimientos.

Los presentes y Dharian se notificaron de inmediato con el líder de la República tan pronto como arribaron a la ciudad capital. Ecnath, envió a dos de sus escoltas para que busquen a los investigadores y acudan donde él tan pronto sea posible. La expresión de impresión y preocupación de todos los allí presentes no se hizo esperar; intuían que estaban frente a algo alarmante.

Año 1580 (o 973 D.bA). La Fractura Final

Desde hacía varios días, las tierras se sacudían con violentos temblores, mientras grietas profundas comenzaban a abrirse cerca de la Isla Shilian. Los informes llegaban desde todas partes: pescadores, exploradores y campesinos describían el suelo estremeciéndose bajo sus pies, como si la tierra misma estuviera tratando de liberarse de una fuerza contenida por siglos.

En el corazón de la Isla Shilian, al pie de la antigua grieta de donde salieron los exploradores, se podía vislumbrar un gigantesco cristal. Junto a él, un misterioso hechicero de túnica marrón levantaba sus manos, canalizando la energía del cristal mientras criaturas de piedra y barro se levantaban del suelo para defenderlo. Las facciones sabían que el tiempo apremiaba. Si el cristal no era destruido, los temblores que comenzaban a sacudir la Isla Shilian pronto podrían extenderse al continente, provocando una catástrofe sin precedentes. Cada líder, consciente de la presencia de los otros, sabía que la victoria no solo significaba la destrucción del cristal, sino también adueñarse de esos fragmentos misteriosos y consolidar su dominio sobre los demás.

Año 1580 (o 973 D.bA). El Despertar del Inframundo

Las facciones se trasladaron a la Isla Shilian, enfrentando peligrosos oleajes y temblores que azotaban la isla. A medida que las tropas desembarcaron, el suelo seguía sacudiéndose bajo sus pies. Al llegar al corazón de la isla, las tres facciones se encontraron al mismo tiempo, sorprendidas al ver que no estaban solas en su búsqueda. Allí se encontraba el imponente Cristal de Tierra, rodeado por una barrera mágica y defendido por misteriosas criaturas y un poderoso hechicero desconocido de túnica marrón.

Tras largas horas de enfrentamientos en la Isla Shilian, ninguna facción cedió su terreno. Las tierras temblaban como nunca antes, mientras los ejércitos de la Armada, la Milicia y las Hordas del Caos se enredaban en una sangrienta batalla entre ellos y las criaturas del inframundo. Poco a poco, la barrera mágica que protegía el cristal iba disipándose y las criaturas iban cayendo una a una. Sin la barrera, el cristal comenzó a ceder y perder su potencia ante el poderoso asedio en conjunto, aunque no intencionado, de las facciones. El cristal finalmente sucumbió y el hechicero de tierra se desvaneció en el aire al instante, pero la victoria fue efímera. Al romperse el cristal, la grieta del Inframundo absorbió a todos los presentes, transportándolos a un lugar más allá del plano real, un dominio oscuro y lúgubre. En ese lugar, los ejércitos, desconcertados y agotados, se vieron rodeados por innumerables criaturas tenebrosas, forzandolos a hacer una tregua temporal entre las facciones para poder sobrevivir.

Tras una feroz batalla contra las bestias del Inframundo, la lucha estaba lejos de terminar… algo más terrorífico se encontraba en ese lugar. A lo lejos, detrás de las criaturas derrotadas, los cuatro hechiceros se encontraban inmersos en un ritual oscuro. Con la energía extraída de los cristales era suficiente para poder finalizar este ritual y formar el Cristal del Inframundo.

De pronto, un resplandor cegador rasgó el tejido de la realidad, abriendo un portal al más allá. Desde las profundidades de esa grieta sobrenatural, emergió la figura imponente de Garveloth, el legendario y temido hechicero del Inframundo, liberado finalmente de su eterna prisión para desatar su oscuro poder sobre el mundo. Su forma aún no era completa. Tras años de estar encerrado, el hechicero se encontraba muy débil, por lo que necesitaba absorber la energía del nuevo cristal para recuperar sus poderes. Aunque… su poder era innegable. Custodiado por los cuatro hechiceros, Garveloth empezaba a fortalecerse poco a poco.

Una vez más, las facciones se unieron en combate. En medio de un caos incesante de criaturas del inframundo, arremetieron contra los cuatro hechiceros y el imponente cristal que alimentaba el poder de Garveloth. Con una ofensiva implacable, las facciones desataron una oleada de ataques devastadora, uniendo todo su poder en un último esfuerzo por destruir el cristal que contenía la esencia primordial de Garveloth. Los hechiceros del inframundo, al ver su ritual tambalear, intentaron reforzar la barrera, pero fue en vano. Con un estallido ensordecedor, el cristal se rompió en mil fragmentos, liberando una onda de energía que sacudió los cimientos del plano oscuro. Con su derrota y la poca fuerza que pudo recuperar, Garveloth y los cuatro leales hechiceros se vieron obligados a retroceder y huyeron del combate, expulsando así a las facciones de aquel plano oscuro. Sin embargo, algo inquietante ocurrió. Al regresar, las tropas se dieron cuenta de que sus líderes, Dharian, Thandell, y Gor Shak, no estaban con ellos. Nadie sabía dónde estaban ni qué les había sucedido. Con fragmentos del cristal en mano y el peso de la incertidumbre, las facciones regresaron a sus ciudades, sabiendo que aunque habían vencido, las consecuencias de esa victoria aún estaban por desvelarse.

Año 1581 (o 974 D.bA). Investigación sobre el paradero del General Thandell

Jerek y los Investigadores del Imperio finalmente lograron forjar un cristal en forma de rombo, al que se le atribuía el poder de abrir portales hacia el Inframundo. Ansiosos por probar su potencial, activaron el cristal, confiando en que los llevaría hasta Thandell. La gema comenzó a brillar con una intensidad cegadora y, tras un destello repentino, se abrió un portal hacia un destino desconocido. Sin dudarlo, Jerek intentó cruzarlo, pero sus guardias lo detuvieron, advirtiéndole que podría ser una trampa de Garveloth. Aunque insistió en entrar, sus guardias lo convencieron de esperar y se adelantaron, dejando a Jerek aguardando impaciente.

Horas después, el portal se cerró, y ninguno de los guardias había regresado. Frustrado y decidido a no abandonar ni a sus hombres ni su misión, Jerek intentó abrir el portal de nuevo, pero se dio cuenta de que el cristal estaba a punto de romperse, incapaz de soportar otro intento. Sin otra opción, Jerek reunió a los guerreros más valientes y leales, aquellos dispuestos a dar su vida por el Imperio, para cruzar el portal juntos y encontrar a Thandell en las profundidades del desconocido Inframundo.

Jerek exclamó con urgencia, pidiendo la intervención de los soldados más experimentados del Imperio. La misión era ir a rescatar al Comandante Thandell y traerlo de vuelta con vida, sin importar los peligros que pudieran aguardar en el camino.

Utilizando el cristal que poseían, abrieron un portal hacia un destino incierto. Por suerte, este los llevó directamente hasta la ubicación del General.

Mientras tanto, la destrucción reinaba. Criaturas del Inframundo atacaban sin piedad a las fuerzas imperiales, y Marylid, con sus palabras venenosas, sembraba el pánico y la desesperación en las mentes de los soldados. Esta bruja, era una antigua habitante de Banderbill exiliada años atrás por Arispar, buscaba vengarse del Imperio, por lo que se alió con Garveloth, que le entregó gran parte de su poder oscuro, convirtiéndose en un instrumento de destrucción.

Cuando los soldados imperiales finalmente dieron con Thandell, la tragedia se consumó. Marylid apareció de entre las sombras y, con un acto brutal, le arrancó la cabeza al General con sus garras afiladas. El cuerpo del líder cayó inerte al suelo. Lleno de furia, Jerek intentó acabar con la bruja, pero esta desapareció antes de que pudiera asestar el golpe final.

El grupo regresó a la ciudad sumido en el silencio y la derrota. Baeldor, que aguardaba ansioso su llegada, notó de inmediato la ausencia de Thandell. En su lugar, el enano que lideraba la comitiva llevaba un cofre en brazos. Dentro, yacían los restos del General.

Año 1581 (o 974 D.bA). El funeral de Thandell

El entierro fue inmediato. Thandell fue sepultado en el Cementerio de Banderbill en una ceremonia solemne que dejó al Imperio sumido en el luto. Durante más de ocho meses, el General de la Armada Imperial había soportado el cautiverio, solo para encontrar un final cruel y despiadado.

El Imperio entero llora su pérdida. Con la caída de su líder más noble, la esperanza se tambalea, y la amenaza de una nueva era de guerra y oscuridad se cierne sobre ellos.

Se dice que, tras una acalorada discusión entre Baeldor y Jerek, el Emperador estaría considerando degradar a Jerek de su rango actual. Sin embargo, esta decisión aún no se ha anunciado oficialmente. El destino de Jerek y su posición en el Imperio permanecen inciertos… por ahora.

Año 1581 (o 974 D.bA). Un eco de esperanza

El alba resplandecía las copas de los árboles en Rhagnark, las tejas de las viviendas de Suramei se iluminaban, el templo de Iliandor abría sus puertas, el presbiterio se encendía con una luz cálida, los sacerdotes acomodan los púlpitos, los comercios exponían sus mercancías en sus mostradores y seleccionan sutilmente que colocar en ellos. Las patrullas alistaban sus armaduras y partían hacia los bosques, no sin pasar primero por las tiendas de comida, a fin de disponer de alistar sus provisiones diarias.

Aquella imponente residencia era habitada por el anciano Anell, el investigador que hace tan solo pocos días fue rescatado en un infrecuente extravío. Sus vecinos apenas sabían su nombre, ya que las veces que se han encontrado con el anciano son realmente ínfimas. Parecían estar conviviendo con un mito. Sin embargo, ese día se daría a conocer algo más que su nombre. Algo había sucedido en la mansión aquella mañana, algo que les hizo dudar si realmente se trataba de un hombre con cualidades obsoletas, como ellos creían.

Previo al despertar matutino, esa noche, Anell, ha permanecido toda la noche leyendo sobre magia antigua, historia de exploradores y relatos escritos de aledaños con algún tipo de relación con la nigromancia, algunos de ellos extraídos directamente de los estantes de la Biblioteca de la Asamblea Republicana. Para el investigador, desentrañar un estudio de años sobre un portal hacia algo desconocido y el haber estado frente a frente con seres de otra dimensión hicieron que un mar de dudas e inciertos sondeen su canosa cabeza. Tenía un enigma en sus manos para investigar. Un fragmento de un cristal irradiaba las paredes y al mismo tiempo obnubilaba su mente. Aunque, por otro lado, la encomienda que ha recibido por parte de Ecnath, lo estaba poniendo realmente en apuros. Dharian se encontraba desaparecido aún.

Aquella noche, Anell, decidió indagar un poco más. El cristal parecía inmune a todo tipo de magia blanca, y sin saberlo, cada invocación mágica le producía un efecto rebote al investigador. Sintomatologías como dolores de cabeza y alteraciones mentales eran solo el comienzo. En un intento por disrumpir el alma del cristal, un hechizo de fragmentación rebota sobre el sabio para dejarlo paralizado con una visión. Lo avistado parecía ser una gran neblina oscura y densa, y detrás de ella, criaturas vagando por un lugar lúgubre. De inmediato, un lamento irrumpió la visión forzada de Anell, Dharian, estaba siendo torturado por una enorme criatura, sus cuernos se imponían y profanaban la primera impresión. Sin embargo, también logró divisar a un elfo en igualdad de condiciones y un abominable orco siendo burlado y castigado por su apariencia.

Para el anciano esto ya era un hecho, el inframundo estaba frente a él. Ese portal, al que tantos años estudió, ya había sido abierto y su empeño carece de realismo, puesto que sus estudios son previos a la ruptura de tal portal, por ende, es imprescindible enfocar sus investigaciones en el lúgubre campo y terreno del Inframundo. Estudiar los ríos, tierras y abominables criaturas era algo que él ya no podía hacer.

De inmediato el efecto del cristal aminoró y su estado de inconsciencia fue desapareciendo, el investigador acomodó su túnica y se dirigió de inmediato al aposento del líder del República. Su mente no paraba de recordar aquellas imágenes. Tan pronto los escoltas vieron venir corriendo al recién rescatado, sabían que algo sucedía, de inmediato se percataron de un rostro que delataba preocupación. Ecnath fue interrumpido y se le ha notificado sobre lo ocurrido.

Fayne, la Teniente de la Milicia, se presentó con rapidez. Su solidez destacó devoción y presentación frente al resto. Por un momento se sintió seguridad en la mansión.

Anell fue claro en su detalle: En su visión logró ver al general en un estado de turtura en una prisión del inframundo. Sus peticiones eran traducidas en lamentos en sus ansias de pedir auxilio. En la visión se logró ver un gran río y una caverna fangosa en su cercanía. Dharian se encontraba enjaulado en una vieja fortaleza abandonada, como si de un antiguo puesto militar caído se tratase. Estandartes rotos, cadáveres en los pisos y esquirlas de rocas en círculos esgrimiendo lo que alguna vez pareció funcionar una fogata de campaña eran solo algunas cosas que logró divisar. Para fortuna de Fayne, varios de los experimentados escoltas allí presentes reconocieron de inmediato ese lugar, puesto que varias expediciones recientes fueron reconocimientos en aquellas tierras, luego de que Dharian desapareciera.

Fayne se puso de pié, colocó su espada en la mesa e inmediatamente forjó una templanza austera en paralelo con una imponente valentía para declarar su voluntad de comandar esta misión.

Ecnath, quién observó con preocupación a cada uno de los presentes, tomó la espada de la Teniente y, de su imponente armadura, hizo visible lo que parecía ser un estandarte enrollado; estaban frente al estandarte oficial de la República.

Ecnath se adelantó, su presencia imponente atrajo la atención de todos. Con una mirada seria y firme, comenzó a hablar, sabiendo que las palabras que estaba a punto de pronunciar serían de gran importancia para todos los presentes. La gravedad de la situación se reflejaba en su tono y postura.

Año 1581 (o 974 D.bA). El rescate de Dharian

Ecnath, el líder de la república, y Anell, el sabio, han enviado a Fayne a lo que parecía ser la prisión dónde Dharian estaba siendo torturado desde hace ya más de treinta días.

El ocaso llegaba a Suramei y las tropas se encomendaban a la Teniente. Algo extraño se sintió esa tarde, se sentía un eco de esperanza en la multitud.

Anell fue quién, tras su estudio avanzado con los fragmentos de los cristales del inframundo, abrió con creces el portal que los llevaría allí.

Al arribar, no solo criaturas abominables y un plano lúgubre los aguardarían, sino también una Tempestad nunca antes vista, según varios de los soldados, se hacía llamar Kael encargada de torturar al General Dharian. Viendo en ese momento como su plano estaba siendo irrumpido por las tropas republicanas, optó rápidamente por la invocación de fieles devotos que lucharían -y posteriormente morirían- en su nombre.

La lucha duró horas, muchos cuerpos republicanos han sido llevados de regreso a sus familias y otros han llegado sanos y salvos por su propia cuenta, pero finalmente la sangre derramada había encontrado sentido. Dharian, sin fuerzas para mantenerse en pié siquiera, había sido rescatado y llevado nuevamente, tras invocación de por medio, a la majestuosa mansión de Suramei; la actual residencia de Anell.

Reposo, curaciones y un trabajo de investigación de sus mutilaciones serán las palabras que acompañarán a nuestro general los próximos días. Anell se encargará en persona del cuidado intensivo y de analizar cada muestra, fragmento o situación que Dharian haga saber.

Pese a la paz que ahora inundaría a nuestro General, una extraña voz se le ha aparecido en sus primeras horas de sueño, ¿que estará pasando por su cabeza?

Año 1582 (o 975 D.bA). ¡Tiemblen ante las Hordas del Caos!

Sakara, en sus aposentos, no podía dejar de pensar en la desaparición de su general, Gor Shak. Las noticias que habían llegado hasta ella eran desalentadoras: Dharian había sido rescatado, pero gravemente herido, y la República se encontraba al borde del colapso. Mientras tanto, la Armada Imperial había perdido a su comandante Thandell, lo que comenzaba a fragmentar aún más a su pueblo.

En medio de esta creciente crisis, la Líder del Comité de las Tinieblas no perdió tiempo. Ordenó a sus súbditos que idearan un plan de rescate para Gor Shak, quien se encontraba atrapado en la dimensión de Marylid. Utilizando los fragmentos recuperados, envió a los magos de la secta oscura a crear portales en busca del paradero de su general. Sin embargo, los planes de la Regente no se limitaban solo a eso. Su verdadero propósito era mucho más oscuro y aterrador. Mientras la angustia, la envidia y el fuego comenzaban a propagarse por el plano real, los verdaderos planes de Sakara permanecían ocultos. Sus súbditos, sedientos de sangre, solo buscaban matar o morir en nombre de las Hordas del Caos, sin comprender la magnitud de lo que se avecinaba.

Sakara lideró a las Hordas del Caos a través de varios obstáculos en esa dimensión oscura hasta llegar al paradero de Gor Shak. En el momento en que se encontraron cara a cara, el orco le pidió ayuda, suplicándole que lo rescatara. Sin embargo, Sakara ya tenía un plan mucho más elaborado. Sabía que Marylid, la bruja, estaba cerca, y su deseo de eliminarla era más fuerte que nunca.

El enfrentamiento con la bruja se extendió durante un largo tiempo, pero finalmente lograron debilitarla. Sin embargo, lo que nadie sabía era que el Eishner aparecería antes de que pudieran terminar con la bruja. Sakara invocó al Eishner, ofreciendo un trato a cambio de sacrificios. Su propuesta era simple: el Eishner se llevaría a la bruja Marylid, pero también a Gor Shak, a cambio de la entrega de Dharian, el General de la República. El Eishner aceptó sin dudar, sabiendo que Sakara podría ser una pieza clave en la destrucción total del plano real. El trato se cumplió rápidamente. El Eishner asesinó a Gor Shak y atrapó a Marylid en su báculo. Luego, el Eishner se encargó de traer a Dharian, quien seguía gravemente herido. El general no podía comprender cómo había llegado hasta allí, frente a Sakara y rodeado por tantas fuerzas caóticas. Su mente confundida y su cuerpo agotado no soportaron más, y, en medio de la desesperación, se desplomó en el suelo, sin fuerzas para resistir. Sakara, llena de furia y satisfacción, proclamó su victoria con gritos resonantes. El día de las Hordas del Caos había llegado, y con él, el comienzo de su verdadero reinado. El fuego, el dolor, la envidia y el poder se expandirían por todas las tierras malditas, y nadie podría detenerlos.

La victoria estaba asegurada, y Sakara, con una sonrisa de triunfo, proclamó la eterna supremacía de las Hordas del Caos.

Año 1582 (o 975 D.bA). Ocaso en Rhagnark

Las noticias sobre la desaparición de Dharian se esparcieron rápidamente por toda la República. Un aire de inquietud y desesperación envolvía a la población, y todos sabían que algo oscuro y malévolo había sucedido. No tardaron en relacionar el suceso con las Hordas del Caos, pues su sombra se cernía sobre todo, y no había duda de que ellas estaban detrás de este trágico giro de los acontecimientos.

En medio de la tensión que envuelve al mundo, la República y las Hordas del Caos libran una lucha silenciosa pero decisiva. La República, símbolo de orden y esperanza, atraviesa una crisis sin precedentes: Dharian, una figura clave en su estructura, ha sido secuestrado y dejado al borde de la muerte en manos de las Hordas del Caos. Mientras tanto, Valeria, una gobernadora importante, recibe una misteriosa carta desde Suramei, la capital, que la obliga a emprender un peligroso viaje desde Illiandor. La misión, aparentemente rutinaria, está cargada de incertidumbre, y la seguridad de Valeria dependerá de la escolta de milicianos y soldados republicanos en un camino largo y lleno de posibles amenazas.

Por otro lado, las Hordas del Caos, lideradas por la astuta y despiadada Sakara, han ideado un plan para desestabilizar a la República. Con información obtenida de Dharian bajo tortura, Sakara descubre la oportunidad perfecta para atacar a Valeria durante su traslado hacia la capital. Para ejecutar su plan, envía a dos de sus soldados, asesinos siniestros y letales, con el objetivo de emboscar la caravana republicana y eliminar a su objetivo. Sakara sabe que este golpe no solo desmoralizar a sus enemigos, sino que también debilitaría de manera crítica sus fuerzas militares.

Así, el destino de ambas facciones se entrelaza en un juego de intriga, estrategia y supervivencia, mientras el camino entre Illiandor y Suramei se convierte en el escenario de una batalla que podría definir el futuro de la República y el ascenso de las Hordas del Caos.

Año 1582 (o 975 D.bA). Lluvia de Sangre en Rhagnark

La gobernadora Valeria, a pesar de su carácter débil, lideró a las fuerzas republicanas en un importante traslado desde Illiandor hacia la capital, Suramei, ubicada al sur. Este movimiento tenía como objetivo cumplir con una misión estratégica para la República, pero también significaba un gran riesgo. Durante el trayecto, la caravana fue interceptada en un fuerte por las Hordas del Caos, lideradas por los asesinos, junto a un destacamento de soldados caóticos.

En el fuerte, se libró una batalla intensa y despiadada. A pesar de los esfuerzos de los republicanos, la superioridad táctica y la ferocidad de los caóticos resultaron abrumadoras. Los gemelos demostraron su letalidad en combate, cortando sin piedad a través de las líneas republicanas hasta que lograron alcanzar a Valeria. La gobernadora fue ejecutada, su cabeza tomada como trofeo, marcando una victoria aplastante para las Hordas del Caos.

Los sobrevivientes republicanos, en su mayoría heridos y desmoralizados, lograron huir del campo de batalla y llegaron a Suramei, donde fueron recibidos por Fayne, la teniente de la Milicia, y Ecnath, el líder de las fuerzas republicanas. La noticia de la derrota y la muerte de Valeria llenó de pesar a la República. Ahora enfrentan la urgente tarea de investigar a las Hordas del Caos, comprender los planes de Sakara y prepararse para futuros enfrentamientos. Además, deben nombrar a un nuevo gobernador para Illiandor, una decisión crucial en un momento de tanta incertidumbre.

Por su parte, las Hordas del Caos regresaron triunfantes a Orac, celebrando la victoria como un golpe significativo contra la República. Este enfrentamiento marca un punto de inflexión en el conflicto entre ambas facciones, dejando a la República en un estado de vulnerabilidad y a las Hordas con una ventaja estratégica que planean explotar al máximo.

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